"¿Te animas a leer esto hasta el final?"
"Docentes al Límite: Sobrevivir en el Aula Mientras el Mundo Nos Da la Espalda"
Pero además de la pobreza, del hambre, del abandono, nos enfrentamos a otro enemigo silencioso: las pantallas. No hablo solo de la tecnología, que bien usada puede ser una herramienta pedagógica, sino de un modo de habitar el mundo cada vez más fragmentado, más desconectado de lo real. Chicos y chicas que crecen con la vista fija en un rectángulo de luz azul, que no miran al otro, que no registran el contexto que los rodea. Que pueden pasar hambre o frío, pero lo que les preocupa es el próximo video de TikTok. Que no encuentran sentido en repetir fonemas, porque lo que importa no es la palabra dicha, sino la imagen fugaz, el estímulo constante, el scroll infinito que los sumerge en un presente vacío.
Un sujeto escindido, alienado de su propio entorno. Escindido porque su conciencia está partida: el cuerpo en el aula, pero la mente en otro lado, atrapada en una hiperrealidad digital que le ofrece todo, menos la posibilidad de construirse con otros. Alienado porque ya no reconoce su propia realidad, porque su vínculo con el conocimiento es efímero, mediado por pantallas que no enseñan a pensar, sino a consumir. Porque su percepción del mundo ya no se construye con el roce de lo cotidiano, con la palabra del docente, con el diálogo con sus compañeros, sino con imágenes que se suceden a una velocidad imposible de procesar. Una alienación que no solo lo desconecta de la escuela, sino también de sí mismo.
¿Cómo competimos con eso? ¿Cómo le explicamos a un pibe que aprender a leer y escribir es importante, si todo lo que consume le dice que no hace falta leer más de 280 caracteres? ¿Cómo lo sacamos de esa burbuja donde el algoritmo le da exactamente lo que quiere, sin necesidad de esfuerzo, sin frustración, sin procesos? Si la educación es un proceso lento, de construcción y de error, ¿cómo compite con la inmediatez del clic, del like, del video de 15 segundos que lo entretiene sin exigirle nada?
Nos critican porque los chicos no aprenden, pero no miran el contexto en el que aprenden. No ven que la escuela es casi el último refugio de lo real, el último espacio donde se les exige detenerse a pensar, a escuchar, a escribir con sus propias manos en un mundo donde todo se dicta, se copia, se pega. La última trinchera donde intentamos, a pesar de todo, enseñarles a ser sujetos de su propio pensamiento, en un sistema que los quiere reducidos a consumidores de contenido.
Y ahí estamos nosotros, en el aula, luchando contra la miseria, la violencia, la desidia y ahora también contra un mundo que les dice que aprender es una pérdida de tiempo. ¿Y todavía se atreven a decirnos que la culpa es nuestra?

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