Soy Docente

 Soy docente

Alejandro Melendi

Soy docente, y siento que me estoy rompiendo de a poco. No solo por el salario que no alcanza, por los caminos destrozados o el colectivo que llega tarde y lleno, sino por algo más profundo: el agobio emocional, el cansancio constante y la angustia que pesa más que cualquier mochila. Cada día siento cómo me voy desgastando, porque este trabajo, que tanto amo, también duele. Y duele más cuando no se reconoce.

Cuando llego a casa, agotado, abro el celular y ahí están: los comentarios de siempre. Esos que dicen que los docentes no enseñamos, que somos vagos, que tenemos tres meses de vacaciones y que si los chicos no aprenden es porque no hacemos nuestro trabajo. Es tan fácil ser comentarista de escritorio y agredirnos detrás de una pantalla. Me pregunto si alguna vez pisaron una escuela pública en crisis, si saben lo que es mirar a los ojos a un pibe que viene sin comer y, aun así, intentar enseñarle qué es un verbo o cómo dividir. No, no lo saben. Pero critican.

Y ahora aparecen doctores en educación de muy prestigiosas universidades, sentados cómodamente en sus despachos, que dicen que el problema es el modelo de alfabetización. Que cierta política pública, enamorada del progresismo y la psicogénesis, no sirve, y que solo sirve lo fonético. Con ese afán voraz por desprestigiar ideologías, no se dan cuenta de algo peor: nos están desprestigiando a nosotros, los docentes. Los que estamos en el aula, los que lidiamos con chicos que llegan sin desayunar o con padres que ni siquiera saben en qué grado están sus hijos. Enseñamos como podemos, con lo que tenemos. Y que me muestren, por favor, en qué ley está prohibido enseñar de una manera o de otra. Porque si algo sabemos hacer los docentes, es adaptarnos al caos. Es sobrevivir en medio de políticas contradictorias, presupuestos recortados y realidades desgarradoras.

A estos prestigiosos doctores devenidos en influencers, que tiran teorías como si fueran la cura milagrosa de la educación, yo los invito. Los invito a las aulas, a los caminos rurales, a las escuelas olvidadas del recóndito conurbano, donde no hay teorías que valgan cuando un pibe te dice que no durmió porque su mamá lloró toda la noche porque no tenía para pagar el alquiler. Vengan. Pónganse el guardapolvo, levántense a las 5 de la mañana, empujen el auto en el barro si es necesario, o corran para no perder el colectivo. Y cuando lleguen, traten de enseñar con una tiza rota y un pizarrón que se cae. Den una clase en un aula con goteras, con chicos que se mueren de calor o de frío, y después díganme si el problema es el modelo de alfabetización.

Quiero verlos explicar la fonética pura cuando un pibe, con la mirada vacía, no sabe ni cómo se escribe su nombre porque en su casa no hay un solo libro. Quiero verlos conectar teorías pedagógicas cuando una madre te dice entre lágrimas que su hijo no tiene zapatillas para ir a la escuela. Vengan, por favor. Dejen sus títulos colgados en la pared, deshagan el nudo de la corbata y métanse en el barro con nosotros. Porque desde su escritorio, desde la comodidad de su prestigio, es muy fácil escribir un artículo o grabar un video diciendo que el problema es pedagógico.

No, señores. El problema es mucho más oscuro, profundo y desgarrador. Es la pobreza que te devora el alma, es la desidia estructural de un sistema que nos usa como fusibles y después nos deja solos. Es el chico que te pide ayuda, pero no solo para aprender, sino para sobrevivir. Es la sensación de que cada día das más de lo que tenés, y aun así no alcanza. Es saber que a veces, por más que hagas malabares, las manos se te vacían.

¿Cómo quieren que lea más, que me capacite, que compre libros si no puedo ni llenar el changuito del supermercado? La última vez que fui a la librería me quedé mirando el precio de un libro pedagógico que necesitaba para mejorar mis clases, y lo dejé ahí, como tantas otras cosas que quedan pendientes en esta crisis. No puedo. No hay plata para libros ni para cursos. A veces, ni siquiera hay tiempo, porque lo poco que me queda lo gasto en buscar maneras de estirar los pesos que faltan. Mis necesidades más básicas y elementales están en deuda. Y si mi bienestar está quebrado, ¿cómo esperan que mi trabajo no lo esté también?

A veces me dicen que la educación es la solución para todo, pero la educación no es un milagro, es una responsabilidad compartida. Es como una relación de pareja: si solo uno pone esfuerzo, la relación se rompe. No puedo hacerlo todo solo. No puedo suplir el rol de las familias, de la sociedad, de un sistema político que nos deja a la deriva. No puedo ser psicólogo, nutricionista, trabajador social y docente al mismo tiempo. Lo intento, todos lo intentamos, pero estamos al límite.

La educación, como las parejas, tiene momentos de amor, pero también de desgaste. Y ahora, estamos en esa etapa oscura en la que las cuentas no cierran, las promesas no se cumplen, y el agobio nos está desgarrando. Es como estar en una relación en la que esperás un cambio que no llega, una palabra de aliento que no escuchás. Y así, cada día, vas perdiendo la esperanza.

Hay días en que quiero creer, pero la realidad me aplasta. ¿Cómo soñar con un futuro mejor si apenas sobrevivo en el presente? Cuando vuelvo a casa, después de esquivar pozos, viajar apretado y dar todo en el aula, no me queda energía para soñar. Solo me queda el silencio, el nudo en la garganta y la certeza de que así no se puede más.

Y sin embargo, al otro día me levanto. Porque aunque todo esto duela, aún hay chicos que esperan. Pero si nadie escucha, si seguimos siendo nosotros los únicos que sostenemos esto, la relación se va a romper del todo. Y cuando eso pase, no habrá más docentes para culpar, porque habremos quedado vacíos.


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