Cuando el Rey está desnudo: la humillación como motor político
Quiero contarles dos historias que pueden ayudarnos a entender mejor a qué nos enfrentamos. Pero antes, recordemos un cuento.
Hans Christian Andersen escribió El traje nuevo del emperador, una historia que quizás ya conocen. En ella, un rey vanidoso es engañado por dos estafadores que le hacen creer que pueden tejer una tela mágica, invisible para los necios e indignos. El rey, temeroso de quedar en ridículo, finge ver el traje y todos a su alrededor hacen lo mismo. Nadie se atreve a decir la verdad. Hasta que un niño, con la inocencia y valentía de quien no teme ser juzgado, grita: “¡El rey está desnudo!”.
El poder de la mentira no radica en quien la dice, sino en quienes la aceptan y la repiten. Y a veces, incluso quienes sufren las consecuencias de esa mentira se aferran a ella, porque admitir la verdad puede ser demasiado doloroso.
Ahora, volvamos a nuestras dos historias.
La historia de Lucía: la humillación de sentirse igual a los otros
Cuando su hijo nació con un problema de salud grave, el municipio la acompañó desde el primer momento. Recibió atención médica, terapias, medicamentos y asistencia social. Años después, también consiguió un trabajo en la municipalidad, lo que le permitió sostener a su familia con estabilidad.
El apoyo del municipio fue fundamental en su vida. Sin embargo, con el tiempo, Lucía comenzó a convencerse de que todo lo que tenía era solo producto de su esfuerzo. Su historia dejó de ser la de alguien que recibió ayuda para convertirse en la de alguien que "se hizo sola".
Entonces, empezó a mirar con desconfianza a los demás. ¿Por qué el municipio sigue ayudando a otros? ¿Por qué hay quienes reciben sin esforzarse como ella lo hizo? Poco a poco, se fue convenciendo de que los planes sociales fomentan la vagancia, que el empleo público es ineficiente y que la política está llena de corrupción. Se convenció de que ella no era como los demás, de que su caso era distinto.
Hoy, Lucía apoya fervientemente a Javier Milei. Repite frases como “el mejor presidente va a dejar un mejor país para mis nietos”, “terminar con los planes sociales” y “eliminar los privilegios de la casta”. Es paradójico: su vida fue sostenida por aquello que ahora rechaza. Pero en su relato, la historia es otra.
¿Por qué ocurre esto?
El sociólogo brasileño Jessé Souza plantea que las razones que llevan a los sectores populares a votar por la derecha radical no son económicas, sino morales. La clave está en la humillación.
Lucía recibió ayuda, pero no quiere ser identificada como alguien que la necesitó. Eso la pone en el mismo nivel que los demás, y eso la humilla. Para compensarlo, adopta el discurso meritocrático: ella no fue asistida, sino que luchó. Ella no recibió, sino que se lo ganó. Y si ella pudo, los demás también deberían poder.
Lucía, como el rey del cuento, prefiere sostener la mentira antes que admitir la verdad. Porque reconocer que su bienestar fue posible gracias al municipio significaría reconocer que otros también pueden necesitarlo. Y eso le haría perder la sensación de superioridad que ha construido.
La historia de Andrés: la humillación de perder el control
Andrés era periodista. Llevaba años trabajando en medios locales, cubriendo la política de su ciudad. Sabía cómo funcionaban los acuerdos, las alianzas, las tensiones entre los distintos sectores de poder. Hasta que, con la llegada de Milei al gobierno, todo cambió.
El recorte de la pauta oficial por parte del gobierno nacional golpeó duramente a los medios locales, y Andrés perdió su trabajo.
No fue el único. Muchos medios del interior, que dependían en gran parte de la publicidad estatal, entraron en crisis. Las redacciones se achicaron, hubo despidos masivos y el acceso a la información se redujo.
Andrés quedó sin empleo, sin ingresos y sin un espacio donde ejercer su profesión. ¿Cómo podía haberle pasado esto?
En ese momento de incertidumbre, en lugar de cuestionar el modelo económico que lo había dejado afuera, Andrés hizo algo distinto: buscó un nuevo espacio de representación. Encontró en La Libertad Avanza de Laprida la oportunidad de reconstruirse políticamente. Se acercó a Santiago, uno de los referentes locales, y en poco tiempo pasó de ser un periodista crítico a un militante del movimiento que, paradójicamente, lo había dejado sin trabajo.
¿Por qué?
Porque la humillación es difícil de asumir. Según Jessé Souza, la herida más profunda que el sistema neoliberal deja en las personas es la humillación de sentirse prescindibles.
Andrés no solo perdió su empleo. Perdió su rol en la sociedad. La extrema derecha le ofreció un enemigo claro: no fue Milei quien lo dejó sin trabajo, sino "la casta", los medios progresistas, el Estado ineficiente. En esa narrativa, él no es una víctima, sino un luchador contra el sistema.
Como en el cuento, prefirió creer en un traje invisible antes que reconocer que el rey estaba desnudo.
Cuando nadie quiere decir la verdad
Las historias de Lucía y Andrés no son excepcionales. Son ejemplos de cómo la extrema derecha logra canalizar el malestar, el resentimiento y la sensación de humillación en una narrativa que ofrece respuestas simples a problemas complejos.
No votan por Milei porque estén mejor económicamente. Votan porque él les da algo que necesitan: un relato en el que ellos son los protagonistas y donde pueden culpar a otros de sus frustraciones.
Así, el enojo contra el sistema no se dirige hacia quienes realmente concentran el poder y la riqueza, sino contra los más débiles: los trabajadores del municipio, los beneficiarios de planes sociales, los inmigrantes, los sindicatos, los periodistas críticos. Es un fenómeno global, y nos toca de cerca.
¿Dónde estamos nosotros en esta historia?
¿Somos el rey, que se niega a ver la realidad? ¿Somos la multitud, que calla por miedo a ser juzgada? ¿Somos los estafadores, que sacan provecho del engaño?
¿O somos el niño que grita que el rey está desnudo?
Entender estas historias no es solo un ejercicio de análisis, sino una advertencia. Si no logramos desarmar este relato y ofrecer una alternativa, seguiremos perdiendo terreno. Y con cada persona que cruza esa línea, el futuro se vuelve más incierto.

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