Quien sintetice a Belgrano y Milei gobernará la Argentina
Ensayo sobre libertad, bien común y patria desde una lectura latouriana
Quien pueda realizar la síntesis entre Belgrano y Milei gobernará la Argentina por varios años. La frase puede parecer provocadora, incluso incómoda. Lo es. Pero toda época necesita una incomodidad que la obligue a pensar. No se trata de afirmar que Belgrano y Milei puedan ser unidos de manera simple, como si la historia fuera una mesa de café donde los muertos ilustres conversan mansamente con los presidentes vivos. Se trata, más bien, de reconocer que entre ambos nombres se despliega una tensión decisiva de la Argentina contemporánea: libertad y bien común, mercado y patria, Estado y sociedad, orden fiscal y justicia social, inversión privada y soberanía nacional.
Hoy, nuevamente, nos convoca el Mundial de fútbol. Y para los argentinos el Mundial nunca es solamente fútbol. Es una pasión que nos interrumpe la vida cotidiana, nos ordena los horarios, nos junta frente a una pantalla, nos devuelve por un rato la sensación de estar mirando todos hacia el mismo lado. En un país que suele discutirlo todo, incluso aquello que todavía no ocurrió, la celeste y blanca vuelve a funcionar como una lengua común. No borra las diferencias, pero las suspende. No resuelve los conflictos, pero los deja por un momento en silencio. Hay algo profundamente argentino en esa escena: una familia, un bar, una escuela, una oficina, una plaza o una calle detenida ante una pelota que rueda lejos y, sin embargo, parece rodar en el centro mismo de nuestra historia.
Esa pasión nos obliga a volver a Qatar. Durante aquellos días de diciembre de 2022, la Argentina pareció suspender por un instante su intemperie cotidiana. Un país acostumbrado a dividirse por casi todo —por partidos, por gobiernos, por barrios, por credos, por clases, por heridas viejas y rencores nuevos— encontró, bajo la celeste y blanca, una forma inesperada de hermandad. No hubo vencedores ni vencidos. No hubo, al menos por unas horas, una patria partida en mitades enemigas. Hubo calles llenas, pueblos detenidos, ciudades desbordadas, lágrimas de desconocidos abrazándose como si se hubieran esperado desde siempre. Hubo una bandera que dejó de ser tela para volverse cuerpo común. Una nación entera salió a la calle no sólo a festejar un campeonato, sino a reconocerse en un símbolo compartido.
Esa escena no debe ser leída como simple entusiasmo deportivo. Para los argentinos, el fútbol muchas veces funciona como una liturgia civil: una ceremonia profana donde se actualiza la pregunta por la pertenencia. Allí aparece Belgrano, aunque no se lo nombre. Porque antes de que la celeste y blanca flameara en estadios, balcones, plazas y camisetas, fue una apuesta política por construir identidad. Belgrano comprendió tempranamente que una comunidad no se organiza sólo con decretos, ejércitos o gobiernos: también necesita símbolos capaces de juntar lo disperso, de darle forma visible a lo que todavía no termina de nacer. La bandera no fue un adorno; fue una pedagogía de la patria. Una manera de decir: esto somos, o al menos esto queremos empezar a ser.
Por eso el Mundial importa para este ensayo. Porque muestra que la Argentina, aun en medio del desencanto, conserva una reserva afectiva de comunidad. Debajo del enojo, debajo de la inflación, debajo de la sospecha, debajo del cansancio, todavía existe una energía nacional capaz de reunir lo que la política suele separar. Esa energía no alcanza para gobernar, claro. Ningún país se organiza sólo con épica, goles y abrazos. Pero sin esa épica tampoco se gobierna una nación. La política que pretenda conducir el futuro argentino deberá comprender ese misterio: no alcanza con administrar números; hay que construir pertenencia. No alcanza con ordenar cuentas; hay que ordenar un destino. No alcanza con tener razón en una planilla; hay que ser capaz de convocar una esperanza común.
Desde allí conviene volver a la tesis de este ensayo: quien pueda realizar la síntesis entre Belgrano y Milei gobernará la Argentina por varios años. Porque la Argentina no necesita elegir entre símbolo y gestión, entre épica y orden, entre bandera y economía. Necesita una conducción capaz de unir lo que aparece separado: la emoción colectiva de la celeste y blanca con la construcción material de un país posible; la identidad con el desarrollo; la libertad con el bien común; el equilibrio fiscal con la justicia social; el mercado con la patria.
La Argentina discute una y otra vez los mismos fantasmas porque nunca logra estabilizar del todo sus grandes acuerdos. Cuando cree haber resuelto el problema del Estado, aparece el problema del mercado. Cuando cree haber resuelto el problema del mercado, aparece el problema de la desigualdad. Cuando cree haber resuelto el problema de la igualdad, aparece el problema de la productividad. Y cuando cree haber resuelto el problema de la productividad, descubre que sin educación, ciencia, técnica e instituciones sólidas no hay nación posible, sino apenas una administración más o menos prolija de la intemperie.
Belgrano vuelve allí como una pregunta. No como estatua. No como bronce escolar. No como prócer domesticado por el calendario. Vuelve como un hombre público que pensó la economía, la educación, la agricultura, la industria, el comercio, la independencia y la patria como partes de un mismo problema. En su Autobiografía, Belgrano advierte que la vida de los hombres públicos debe presentarse como ejemplo o como lección, porque el estudio del pasado permite orientar la acción presente y futura (Belgrano, 2020, p. 7). Esa afirmación no es menor: Belgrano no escribe sólo para contar su vida, sino para intervenir en el porvenir.
El texto autobiográfico, además, nace de una necesidad política y moral. Belgrano declara que emprende la escritura de su vida pública con el propósito de ser útil a sus paisanos y de defenderse de la maledicencia (Belgrano, 2020, p. 7). Allí se revela una escena decisiva: no habla desde la comodidad del mármol, sino desde la fragilidad del hombre público. Escribe para ordenar una experiencia, para disputar un sentido, para decir: esto hice, esto pensé, esto intenté, esto fracasó, esto queda como advertencia. El prócer, antes de ser estatua, fue un sujeto arrojado al juicio de sus contemporáneos.
Desde Bruno Latour, esta autobiografía puede ser leída no como un simple documento histórico, sino como un actante: algo que interviene en una red, que produce efectos, que conecta tiempos, actores, instituciones, ideas y conflictos. La Autobiografía de Belgrano no está quieta. Trabaja. Traduce. Reordena. Defiende. Acusa. Enseña. Hace pasar por sus páginas al Consulado, los comerciantes monopolistas, las escuelas, los cueros, los barcos, la Corona española, la Revolución Francesa, las invasiones inglesas, la imprenta, las milicias, la independencia y el bien común. La patria, en Belgrano, no es una palabra sola. Es una red.
Latour permite precisamente evitar las grandes abstracciones vacías. En lugar de hablar de “Estado”, “mercado”, “patria” o “libertad” como si fueran entidades puras, conviene preguntar qué actores las componen, qué objetos las sostienen, qué documentos las hacen circular, qué instituciones las vuelven posibles y qué intereses intentan apropiárselas. La política no ocurre solamente en los discursos. Ocurre también en los papeles, las leyes, las escuelas, los barcos, los presupuestos, las monedas, las rutas comerciales, las pantallas, las banderas, los cuerpos reunidos y las instituciones que hacen existir aquello que una comunidad nombra.
Por eso la comparación con Milei no debe hacerse en términos superficiales. No alcanza con decir que Belgrano era patriota y Milei liberal, o que Belgrano defendía el Estado y Milei lo combate. Esa comparación sería pobre, casi una pereza disfrazada de análisis. La pregunta más fecunda es otra: ¿qué red de actores, discursos, objetos, instituciones e intereses construye cada uno cuando habla de libertad? ¿Qué significa libertad cuando la pronuncia Belgrano? ¿Qué significa libertad cuando la pronuncia Milei? ¿Qué actores quedan incluidos en esa libertad y cuáles quedan afuera? ¿Qué instituciones la sostienen? ¿Qué sacrificios reclama? ¿Qué futuro promete?
Belgrano se formó en economía política, derecho público e ideas ilustradas. No fue un enemigo del comercio ni un romántico antieconómico. Por el contrario, pensó el progreso material como condición de la independencia. Él mismo reconoce que su formación no se limitó al derecho, sino que se orientó hacia los idiomas vivos, la economía política y el derecho público; en ese contacto con hombres ilustrados, dice, nació en él el deseo de trabajar por el “provecho general” y a favor de la patria (Belgrano, 2020, p. 8). La fórmula es decisiva: no hay economía verdadera, para Belgrano, si no se ordena hacia una finalidad pública.
Esta precisión impide una lectura simplista. Belgrano no pensaba contra el mercado; pensaba contra la captura del mercado por intereses particulares. No discutía la circulación de bienes; discutía el monopolio, el privilegio y la subordinación colonial. Su crítica a los comerciantes del Consulado es feroz porque allí descubre una red institucional supuestamente destinada a fomentar agricultura, industria y comercio, pero en realidad organizada alrededor del beneficio de un sector. Según su propio relato, muchos de aquellos hombres sólo sabían “comprar por cuatro para vender por ocho” (Belgrano, 2020, p. 8). La frase tiene una actualidad incómoda: el problema no es que exista ganancia; el problema es cuando la ganancia privada se disfraza de destino nacional.
Belgrano observa entonces que nada sustantivo podía hacerse por las provincias cuando quienes debían promover la felicidad pública subordinaban el común a sus “intereses particulares” (Belgrano, 2020, p. 9). Esa tensión es central para leer el presente. La Argentina no necesita elegir entre economía o política, entre mercado o Estado, como si se tratara de dos ejércitos enemigos. Necesita saber qué economía, qué mercado, qué Estado, qué reglas, qué finalidad pública y qué sujeto social se pretende construir.
Allí aparece la actualidad del contrapunto con Milei. El gobierno libertario emerge como respuesta a una crisis real: inflación persistente, déficit fiscal, descrédito de la política, burocracias ineficientes, privilegios corporativos, pobreza extendida y hartazgo social. Negar esa crisis sería un error. Milei no inventa la crisis argentina; la traduce políticamente. Su discurso logra condensar una experiencia social concreta: la sensación de que el Estado muchas veces prometía protección, pero entregaba abandono; prometía derechos, pero administraba escasez; prometía justicia, pero reproducía privilegios. Sería ingenuo, y políticamente torpe, desconocer esa verdad parcial.
Pero reconocer la crisis que Milei interpreta no significa aceptar sin crítica la solución que propone. Allí comienza el verdadero debate. El equilibrio fiscal puede ser una condición necesaria para ordenar una economía rota, pero no constituye por sí mismo un proyecto nacional. La motosierra puede cortar privilegios, pero también puede cortar nervios vitales. Puede ordenar cuentas, pero también desarmar capacidades. Puede reducir gastos inútiles, pero también debilitar escuelas, universidades, ciencia, infraestructura y políticas públicas que permiten construir futuro.
Belgrano ofrece una clave para interrogar esa frontera. En su paso por el Consulado impulsó escuelas, formación técnica y saberes aplicados al desarrollo productivo. Propuso una Escuela de Matemáticas y otra de Diseño, ambas pensadas en relación con la agricultura, la industria y el comercio. Sin embargo, esas iniciativas fueron bloqueadas bajo el argumento de que tales establecimientos eran de lujo o que Buenos Aires aún no estaba en condiciones de sostenerlos (Belgrano, 2020, p. 9). La escena parece escrita para la Argentina actual: cada vez que una sociedad considera lujo aquello que produce sus capacidades futuras, empieza a hipotecar su independencia.
En este punto, Belgrano es más incómodo de lo que la liturgia escolar suele admitir. No alcanza con nombrarlo cada 20 de junio, ni con repetir que creó la bandera. Belgrano pensaba la patria como una arquitectura material: escuelas, conocimientos, producción, comercio, navegación, industria, agricultura, milicias, periódicos, instituciones y virtud pública. Para decirlo en términos latourianos, la patria no existe como esencia previa; se ensambla. Se fabrica mediante redes de humanos y no humanos: maestros, alumnos, barcos, cueros, mapas, reglamentos, monedas, imprentas, leyes, herramientas, laboratorios, presupuestos y decisiones políticas.
La pregunta belgraniana frente al presente sería, entonces, implacable: ¿puede haber libertad nacional sin educación, sin ciencia, sin técnica, sin producción, sin industria, sin comercio orientado al bien común? ¿Puede una nación ser libre si sólo equilibra sus cuentas pero pierde las instituciones que forman a sus ciudadanos, producen conocimiento y sostienen su soberanía material? Belgrano probablemente respondería que no. Porque para él la patria no se declamaba: se construía. Y se construía con escuelas, saberes, producción, comercio, organización política y sentido de comunidad.
La libertad, en Belgrano, tampoco es una palabra vacía. Su experiencia europea lo pone en contacto con las ideas de “libertad, igualdad, seguridad, propiedad” (Belgrano, 2020, p. 8). Pero esas ideas no aparecen en su pensamiento como consignas aisladas. Están unidas a los derechos, al bien común y a la emancipación americana. La libertad no es pura desregulación. No es la simple retirada de toda forma de autoridad. Es la posibilidad de que un pueblo deje de obedecer injustamente, forme sus propias instituciones y construya su lugar entre las naciones.
Por eso, cuando la crisis española de 1808 abre una oportunidad histórica, Belgrano interpreta que se avivan las ideas de “libertad é independencia” en América (Belgrano, 2020, p. 12). Pero esa independencia no es sólo jurídica. Es política, económica, cultural y pedagógica. Un pueblo no se independiza sólo porque cambia de autoridad formal; se independiza cuando puede producir sus medios de vida, formar sus inteligencias, organizar su comercio, defender su territorio y pensar con cabeza propia.
Aquí la lectura latouriana permite precisar algo más. La independencia no es una esencia que aparece por decreto. Es una red que debe sostenerse. No basta con proclamarla: hay que hacerla funcionar. En Belgrano, esa red incluye escuelas, agricultura, industria, comercio, milicias, periódicos, memorias económicas, virtudes públicas y símbolos nacionales. En la Argentina contemporánea, esa red debería incluir universidades, escuelas, ciencia, tecnología, infraestructura, producción, moneda estable, justicia social, reglas claras, inversión y un Estado capaz de orientar sin asfixiar. La independencia no se declama con voz grave; se fabrica todos los días, muchas veces en voz baja.
Desde esta perspectiva, la síntesis que la Argentina necesita no consiste en elegir entre Belgrano y Milei como si se tratara de una interna electoral entre el bronce y la motosierra. La síntesis necesaria es mucho más difícil: unir orden fiscal con justicia social; libertad económica con bien común; inversión privada con soberanía productiva; Estado austero con Estado inteligente; mercado dinámico con regulación contra los privilegios; educación pública con desarrollo tecnológico; patria no como consigna sino como infraestructura.
Quien logre formular y conducir esa síntesis no sólo ganará una elección. Podrá ordenar un ciclo histórico. Porque la Argentina no necesita volver al pasado ni rendirse al presente. Necesita construir una red nueva, capaz de tomar de Belgrano la pregunta por el bien común y de Milei la advertencia sobre un Estado que, cuando se vuelve ineficiente, corporativo y deficitario, termina devorando aquello que dice proteger.
El problema argentino no es elegir entre libertad o patria. El problema es que, demasiadas veces, nos han ofrecido una libertad sin patria o una patria sin libertad. Y en ambos casos el resultado ha sido el mismo: frustración, dependencia, pobreza y desencanto.
Una libertad sin patria puede terminar siendo apenas intemperie: cada individuo librado a su suerte, cada comunidad obligada a sobrevivir como pueda, cada territorio convertido en oportunidad de negocios para otros. Una patria sin libertad, en cambio, puede volverse una coartada: una palabra noble usada para justificar burocracias mediocres, privilegios, obediencias forzadas o discursos que prometen pueblo mientras lo dejan esperando.
La síntesis histórica exige otra cosa. Exige pensar una libertad con patria. Una libertad que no abandone a los débiles. Una patria que no ahogue la iniciativa. Una economía que produzca riqueza, pero no olvide para quién. Un Estado que no se adore a sí mismo, pero que tampoco se suicide en nombre de una pureza contable. Un mercado que innove, produzca y arriesgue, pero que no confunda libertad con impunidad. Una comunidad política que entienda, por fin, que gobernar no es administrar ruinas ni prometer milagros: gobernar es ensamblar futuro.
Quizás por eso la imagen del Mundial vuelve a tener sentido al final de este recorrido. Porque allí la Argentina recuerda algo que la política no puede despreciar: los pueblos también necesitan símbolos comunes para caminar. Pero Belgrano nos advierte que el símbolo solo no alcanza. La bandera puede juntar, pero después hay que construir el país que esa bandera promete. El grito puede unir una plaza, pero luego hacen falta escuelas, trabajo, ciencia, producción, moneda, justicia, instituciones y destino.
La celeste y blanca emociona porque guarda una promesa. Belgrano la imaginó como signo de una comunidad que todavía estaba por hacerse. Qatar nos recordó que esa comunidad, aunque herida, todavía existe en algún lugar profundo del alma argentina. Milei expresa, con brutal eficacia, el enojo de una sociedad cansada de promesas incumplidas. La tarea política que viene será transformar esa emoción y ese enojo en una arquitectura común.
Quien logre hacerlo gobernará la Argentina. No porque encuentre una fórmula mágica, sino porque habrá comprendido lo esencial: una nación no se conduce sólo con números, ni sólo con banderas. Se conduce cuando una comunidad logra reconocerse en un símbolo, ordenar sus recursos, producir futuro y creer, otra vez, que vale la pena vivir juntos.
Referencias
Belgrano, M. (2020). Autobiografía (A. Morea, ed. comentada). Ministerio de Cultura Argentina. Trabajo original escrito hacia 1814.
Latour, B. (2008). Reensamblar lo social: Una introducción a la teoría del actor-red. Manantial.
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