El ajuste como pedagogía del sacrificio

Deuda, trabajo y hegemonía cultural en la Argentina de Milei

Hay una escena que se repite en escuelas, oficinas públicas y lugares de trabajo: alguien explica que “este año va a ser duro”, que “no hay que aflojar”, que “primero hay que ordenar”. No siempre lo dice un funcionario. A veces lo dice un docente en la sala de profesores, un trabajador en el recreo, un padre en la mesa familiar. El ajuste ya no baja solo desde el Estado: circula.

Eso es lo nuevo. El ajuste del gobierno de Javier Milei no se impone únicamente a través de leyes o decretos. Se enseña. Funciona como una pedagogía social que modela conductas y expectativas: aprender a perder, naturalizar la precariedad, convertir el sacrificio en una virtud moral.

No se presenta como una injusticia sino como una prueba. Hay que aguantar. Hay que sacrificarse. Hay que soportar ahora para merecer después. El lenguaje que lo sostiene no es técnico ni económico. Es ético. El sacrificio deja de ser una imposición externa y se vuelve una elección individual.

Ahí radica, quizás, su eficacia más profunda.

El endeudamiento como destino

La deuda ocupa un lugar central en este relato. No aparece como una decisión política sino como una fatalidad histórica, algo que “siempre estuvo ahí” y que ahora, finalmente, alguien se anima a enfrentar. En nombre de ese enfrentamiento se justifica todo: el recorte del gasto social, la caída del salario real, el deterioro de las jubilaciones, el desfinanciamiento de la educación y la salud.

Pero la deuda no es solo un problema económico. Es una tecnología de poder. Condiciona el presente y, sobre todo, el futuro. Reduce el margen de decisión democrática y convierte cada política pública en una variable subordinada al cumplimiento de compromisos externos.

En la historia argentina, el endeudamiento nunca fue neutral. Siempre vino acompañado de una misma secuencia: ajuste, concentración de la riqueza y disciplinamiento social. Cambian los nombres, cambian los discursos, pero el patrón se repite.

Lo novedoso hoy no es la deuda, sino la forma en que se la narra: como si fuera un sacrificio compartido cuando, en realidad, no todos sacrifican lo mismo.

La desigualdad como orden

Mientras se invoca la necesidad de “ordenar la economía”, la desigualdad crece. La liberación de precios, la dolarización de tarifas y la caída del salario real no producen libertad de mercado sino asimetrías cada vez más profundas. El mercado no se vuelve más competitivo; se vuelve más concentrado.

El discurso oficial sostiene que hay que “dejar hacer” para que la riqueza se genere y, eventualmente, se distribuya. Sin embargo, la experiencia concreta muestra otra cosa: la riqueza no derrama, se acumula. Y cuando se acumula demasiado, deja de ser económica para volverse política.

En los barrios, en las escuelas, en los lugares de trabajo, el ajuste se vive como una sensación persistente de fragilidad. Todo parece provisional: el empleo, el salario, el futuro. Esa precariedad no es un efecto colateral; es una condición funcional al modelo.

Aviones viejos, preguntas nuevas

En ese contexto, la decisión de invertir en aviones militares usados aparece como un gesto extraño, casi anacrónico. Se la presenta como una apuesta estratégica, pero cuesta encontrar la hipótesis de conflicto que la justifique.

Comprar aviones viejos es como comprar un Renault 12: un vehículo noble, confiable en su época, cargado de historia, pero claramente fuera de tiempo. Nadie discute su pasado; lo que se discute es su sentido en el presente.

La pregunta no es solo presupuestaria. Es política. ¿Por qué hay recursos para armamento —aunque sea obsoleto— y no para ciencia, tecnología o educación? ¿Qué idea de soberanía se está construyendo cuando se ajusta el entramado social pero se invierte en capacidad militar?

La soberanía no se defiende solo con aviones. Se defiende con industria, con conocimiento, con trabajo digno. Lo demás es gesto, símbolo, mensaje.

Trabajar sin red

La reforma laboral propuesta por el gobierno es quizás la pieza más clara de esta pedagogía del sacrificio. Bajo el nombre de “modernización” se promueve una regresión profunda de derechos históricos: se debilita la negociación colectiva, se individualiza la relación laboral, se limita el derecho de huelga y se desarticula la protección jurídica del trabajador.

El argumento es conocido: los derechos laborales generan rigidez, desalientan la inversión y dificultan la creación de empleo. Sin embargo, los países con mayores niveles de protección laboral son, paradójicamente, los más productivos y estables.

Lo que está en juego no es la eficiencia económica sino el tipo de trabajador que se busca producir: uno siempre disponible, siempre evaluado, siempre solo. Un trabajador sin red, sin respaldo colectivo, sin capacidad de disputar condiciones.

Más que una reforma laboral, se trata de una reforma moral del trabajo.

El silencio no es pasividad

Para entender por qué este discurso logra calar tan hondo, conviene volver a Antonio Gramsci. No al Gramsci de manual, sino al que pensaba la política como una disputa por el sentido común. El poder —escribía— no se sostiene solo por la fuerza, sino por su capacidad de presentar una visión del mundo como natural, inevitable, indiscutible.

El ajuste, entonces, deja de percibirse como una decisión política y pasa a vivirse como una ley de la naturaleza. No se discute: se acepta. No se cuestiona: se internaliza.

Cuando el sacrificio se convierte en valor moral, la desigualdad deja de parecer injusta. El fracaso deja de ser social y se vuelve individual. El silencio, entonces, no es apatía: es el resultado de una pedagogía que convierte el dolor en prueba.

Romper la pedagogía

Toda pedagogía puede ser disputada. Ningún modelo que se sostenga en el empobrecimiento de las mayorías logra estabilidad duradera. Pero su desgaste no será automático ni puramente económico. Será, necesariamente, político y cultural.

Romper la pedagogía del sacrificio implica volver a nombrar lo que hoy se presenta como inevitable. Decir que la deuda no es destino, sino decisión. Que la precariedad no es virtud, sino resultado. Que el sacrificio no es un valor en sí mismo cuando siempre lo hacen los mismos.

Gramsci advertía que en las crisis “lo viejo muere y lo nuevo no termina de nacer”. En ese interregno aparecen los fenómenos más peligrosos, pero también las posibilidades más fértiles. Porque cuando el poder logra convencernos de que no hay alternativa, pensar colectivamente vuelve a ser un gesto radical.

Y en tiempos donde el ajuste se enseña como virtud, aprender a discutirlo —juntos— puede ser la forma más urgente de educación política.

Alejandro Melendi

Docente, director de escuela rural y dirigente sindical en el interior bonaerense

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