¿Quién debe conducir nuestras escuelas? Una pregunta ética y política
En tiempos de disputa por el sentido de la escuela pública, se vuelve urgente interrogar no solo qué se espera de un cargo directivo, sino quiénes lo ocupan, cómo llegan, y qué hacen cuando acceden. La figura del director o directora no es meramente técnica: es pedagógica, política y filosófica, porque no hay conducción neutral, como tampoco hay educación neutral.
En muchos concursos, quienes aspiran al cargo se preparan rigurosamente para disertar sobre la inclusión, la diversidad, el derecho a la educación, incluso para cuestionar la meritocracia. Citan a Paulo Freire, mencionan la Ley de Educación Nacional, reproducen el discurso de la justicia curricular. Pero una vez que acceden al cargo, emerge su verdadera praxis y su ideología subyacente: actúan como gerentes, entienden la escuela como un espacio de control, premian la obediencia, estigmatizan al estudiante que no se adapta, y devuelven a la meritocracia su lugar de ordenadora silenciosa.
¿No es esta contradicción una forma de simulacro? ¿Una distorsión ética que permite la coexistencia de un discurso progresista con una práctica excluyente?
La filosofía ya nos advertía sobre este fenómeno. Platón, en "La República", sostenía que quienes gobiernan deben ser los más sabios, no por acumular conocimientos, sino por haber ordenado su alma en torno al bien común. Un buen gobernante no es quien repite ideas justas, sino quien las encarna en su forma de vida.
Aristóteles profundiza esta idea en su Ética a Nicómaco: la virtud no es una mera disposición a actuar bien, sino un hábito formado por la repetición de actos buenos. ¿Qué virtud puede tener quien habla de inclusión pero excluye? ¿Quién predica la justicia pero favorece a unos pocos? La hipocresía, en términos aristotélicos, es un vicio del carácter, no solo del discurso.
Desde una mirada más contemporánea, Pierre Bourdieu desnuda cómo los sistemas escolares reproducen las desigualdades bajo la apariencia de neutralidad. En La reproducción, señala que la escuela consagra lo arbitrario cultural como legítimo, y que la meritocracia funciona como mecanismo simbólico de exclusión. En esa lógica, los concursos directivos muchas veces no eligen líderes comprometidos con la transformación, sino funcionarios eficaces en reproducir el orden vigente.
“El orden escolar –decía Bourdieu– se perpetúa cuando quienes lo dirigen naturalizan lo dado, sin interrogarlo.”
La pregunta entonces no es solo “¿quién puede rendir mejor un coloquio?”, sino:
¿quién puede sostener una escuela que abrace a quienes la sociedad deja afuera?
¿Quién puede construir comunidad cuando lo que reina es la fragmentación?
¿Quién puede decir ‘esta escuela es de todos’ y actuar en consecuencia?
Paulo Freire, en Pedagogía del oprimido, lo decía con claridad radical: “La educación es un acto político, y el educador debe tomar partido”. ¿Puede conducir una escuela alguien que no toma partido por las infancias, por las trayectorias frágiles, por la inclusión activa?
Si la selección de directivos no incorpora la dimensión ética, política y filosófica del cargo, seguiremos eligiendo disertantes hábiles y excluyendo a quienes, con menos elocuencia, sostienen con su hacer cotidiano una escuela pública viva, justa y hospitalaria.
La conducción no puede seguir siendo una recompensa individual por haber superado una serie de pruebas formales. Debe ser la consecuencia de una trayectoria comprometida, una responsabilidad pública orientada al bien común.
Como diría Simone Weil, "la atención es la forma más pura de generosidad". Y una escuela que no es conducida con atención a los rostros, a las heridas, a las posibilidades de quienes la habitan, es una escuela que pierde su razón de ser.

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