El salario no es ganancia: es la dignidad que sostiene un país


Por Alejandro Melendi – Lic. en Educación

Hay fallos judiciales que no sorprenden: duelen. Huelen a decisión tomada antes de leer los expedientes, a escritorio blindado, a tinta que baja desde arriba y no desde la Constitución.


La resolución de la Sala III, que deja sin efecto la cautelar sobre Ganancias y vuelve a cargar el impuesto sobre los trabajadores, pertenece a esa familia de sentencias que no buscan justicia sino disciplina.

Nada es casual cuando se juega el destino de quienes enseñan y quienes aprenden.

La CTERA lo dijo con claridad: se intenta confundir a un sindicato con una asociación de consumidores. No es torpeza. Es método. Se desfigura primero, para deslegitimar después.
Y así, lo que se castiga no es un trámite: es la voz colectiva de los trabajadores de la educación.

Porque lo que decimos hace décadas —desde pizarrones fríos, escuelas rurales, aulas con ventanas rotas— sigue siendo tan claro como incómodo:
el salario no es ganancia. El salario es vida. Es tiempo. Es cuerpo. Es dignidad.

Un fallo político para un ajuste político

La medida restablece un impuesto profundamente injusto, mientras las grandes fortunas navegan en mares de privilegios, offshore, y blindajes que jamás pisan Comodoro Py.
La Justicia vuelve a inclinar la balanza hacia el poder económico —no hacia el pueblo.

Y si uno mira el mapa, el objetivo aparece con nitidez:
la provincia de Buenos Aires.
Los docentes bonaerenses.
Los trabajadores que gobierna Axel Kicillof.

Milei sabe perfectamente dónde recaudar.
Va por la masa salarial más grande del país.
Va por quienes no pueden fugar ni evadir.
Va por el bolsillo que sostiene a las familias… y a las escuelas.

Mientras tanto, se instala una frase que ya es slogan oficial:
“la economía va a volar”.

La paradoja es brutal:
¿cómo va a volar la economía si el mecanismo elegido es cortar alas?
¿De qué manera despega un país si se le quita salario al trabajador —ya sea vía impuestos, vía tarifas impagables o vía quita de subsidios que pulveriza el sueldo antes de llegar a fin de mes?
¿A qué altura puede volar una economía sostenida por ciudadanos que apenas pueden caminar?

Una economía no se eleva recortando abajo.
Se desploma.

Cuando la frivolidad se vuelve política pública

Y en el mismo escenario donde se ajusta al trabajador, el gobierno libertario despliega su show:

Un candidato “colorado” que celebra rapándose porque “ganó”, que apareció con el peronismo, con el radicalismo, con el pro, que los propios espías de Macri dicen “no puede justificar el nivel de gasto”, aterriza en el gabinete nacional.
La estética reemplazando a la ética.

Una candidata que se ríe de los pobres, que convierte el desprecio en identidad política, que mira al vulnerable como si fuera culpable de su propia existencia.
La burla reemplazando a la sensibilidad.

Ese espectáculo no es ingenuo.
Es parte del proyecto:
banalizar el poder, deshumanizar al adversario, convertir la crueldad en virtud pública.

Cuando el poder se vuelve frívolo… se vuelve cruel.

Mientras un docente o un trabajador debe explicar por qué su salario no es ganancia, un candidato con sombras turbias accede sin rendir examen. O debemos soportar como Feinmann agrede a trabajadores porque le pide saber cuánto gana.
Mientras una diputada se burla del hambre, un trabajador entrega su cuerpo para sostener una familia.
Mientras la Justicia acelera para recaudar del sueldo, mira para otro lado ante los que de verdad poseen riqueza acumulada.

No es solo injusticia.
Es humillación organizada.

Y como educador, esto me quema por dentro:
¿cómo pedirles a los jóvenes que estudien, trabajen, se esfuercen…
si el país les muestra que el mérito se mide en shows, no en derechos?
¿Con qué autoridad moral les pedimos que crean en el futuro, si el presente se ríe de ellos desde TikTok?

Una sociedad que convierte la precarización en destino y la burla en método político está construyendo un futuro cruel.


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