Entre el barro y la penumbra: Ensayo sobre la política, la traición y la maquinaria de los elegidos

 

Algunas imágenes cortan más hondo que la mejor frase.
Veo a Paola —compañera, madre, militante— caminando la calle de tierra, mochila en el hombro, iluminada por una luz flaca y solitaria. No la espera la cámara, ni el desayuno en un hotel céntrico, ni la promesa de una banca asegurada. La espera una combi, el frío, y el deber de estar donde nadie más quiere ir.
Esa foto dice lo que la política calla: la distancia entre la realidad de los que caminan el barro y el mundo de los que deciden entre alfombras y medianoches. En ese contraste se cifra la enfermedad de la democracia, el desencanto de quienes alguna vez creyeron que la política podía ser otra cosa.

La maquinaria política argentina ha perfeccionado, con el tiempo, una lógica de exclusión que transforma la selección de candidatos en un ritual oscuro, lejos del pueblo y del espíritu participativo. Amiguismo, rosca y traición son las reglas tácitas de este juego, donde la casta se reproduce y perpetúa, ajena a las necesidades reales de la sociedad.
Lo que podría ser un ejercicio democrático, deviene puesta en escena: una coreografía de poder donde el militante verdadero es ornamental, y la decisión, patrimonio exclusivo de unos pocos. Foucault advertía que el poder es menos visible cuanto más eficaz. Así, la política se ha vuelto experta en administrar su propia invisibilidad, blindando sus mecanismos bajo el velo de la costumbre.

El armado de listas es un espectáculo prohibido, reservado para quienes dominan el arte de hablar bajo, cerrar puertas y correr cortinas. Se decide entre susurros, vasos vacíos y ceniceros repletos de viejas lealtades. Afuera, el militante espera —como quien espera un milagro que no llega nunca— alguna noticia, una señal de que su esfuerzo no es en vano, de que la política sigue siendo una herramienta y no solo una coartada.

Pero la espera es, casi siempre, una condena.
En los pasillos donde se define el destino de una ciudad, los nombres pesan más que los proyectos. Los apellidos tienen más valor que las ideas. El “vos quedate tranquilo” es la frase de despedida para los ingenuos; la palmada en la espalda, el ritual para los que deben aprender a resignarse. Porque la política, en este nivel, no se trata de servir, sino de sobrevivir. La rosca es el infierno: quien no entra, arde; quien entra, se quema.

A veces ni siquiera hay traición, porque nunca hubo confianza real: sólo la cortesía brutal del que sonríe mientras anota tu nombre en la lista negra. La política argentina parece, muchas veces, un juego de sillas en el Titanic: todos saben que el barco se hunde, pero pelean por un asiento en la última fila, convencidos de que, de algún modo, ellos sí llegarán a la costa.
La rosca no es sólo exclusión: es humillación planificada. El militante se convierte en espectador de una obra cuyo guión ya fue escrito y vendido a otros. Las bancas no se ganan en la calle, se heredan en la penumbra. Los “compañeros” se vuelven extraños, el partido una oficina, la esperanza un mito.

Bourdieu lo dijo sin rodeos: el poder se reproduce a través de la exclusión disfrazada de normalidad. El mayor triunfo de la casta es lograr que el militante crea que, si no está en la lista, es porque algo le falta, porque no supo “cuidar su lugar”.
Pero lo que falta, en realidad, es decencia.
La política se convierte en un reflejo oscuro de sí misma, donde la épica se licúa en gestos mínimos: un WhatsApp leído y no respondido, un saludo frío en el pasillo, una promesa que se desvanece antes de nacer.
En este escenario, la militancia real —la que se traduce en horas de viaje, en reuniones barriales, en proyectos colectivos— queda relegada a un papel secundario. La foto de Paola es la prueba: sola en la madrugada, esperando una combi que la llevará a representar a quienes ya no tienen representación.

Pero ni siquiera la dignidad de ese gesto es reconocida. Porque en la lógica perversa del armado, la militancia es peligrosa: recuerda que la política es, o debería ser, servicio y no negocio.
Foucault enseña que el poder más eficaz es el que se ejerce sin ser visto. En la política local, el poder se camufla bajo la máscara de la democracia, pero actúa como un cáncer: silencioso, persistente, mortal. El resultado es una sociedad cada vez más ajena al sistema, descreída, cansada de esperar a la intemperie.

Lo más cruel de esta mecánica no es sólo la exclusión, sino el vacío. El militante, expulsado del centro, mira cómo su esfuerzo es suplantado por la sonrisa de un recién llegado, por la selfie de un desconocido, por el ascenso de quien nunca caminó el barro. Se instala la idea de que nada cambia, de que todo está perdido de antemano.
Y es allí donde la democracia muere: no por un golpe ni por una ley, sino por la lenta asfixia de quienes la sostienen desde abajo y ya no creen en ella.

No hay metáfora posible: la política argentina, tal como funciona hoy, es una fábrica de decepciones.
La casta no necesita enemigos externos: se autoperpetúa, se protege, se autoabastece de silencios. La democracia se vuelve un decorado hueco, donde la representación es apenas una excusa para mantener el negocio funcionando.
Paola, bajo el farol, no es sólo una imagen poética: es una advertencia. Es el síntoma de una enfermedad que se niega a ser diagnosticada porque quienes la padecen son, al mismo tiempo, sus únicos beneficiarios.

El militante auténtico no solo es excluido: es invisibilizado, convertido en un fantasma útil para las campañas pero incómodo para el reparto.
El votante mira, cada vez más lejos, sabiendo que la próxima elección no le traerá ninguna novedad, solo un cambio de apellidos en las mismas sillas de siempre.

La verdadera derrota no está en perder una banca: está en perder la confianza, en renunciar a la esperanza, en acostumbrarse a la humillación como paisaje cotidiano.
Es allí, en ese instante de resignación, donde la casta triunfa: cuando ya no hay bronca, cuando ya no hay discusión, cuando la sociedad mira de reojo y sigue de largo.
No hay épica en el final, sólo un cansancio sordo, una tristeza sin nombre.

¿Hay salida?
Quizás, pero no para todos. La política así organizada sólo dejará pasar a quienes aprendan la regla fundamental: callar, no incomodar, no representar, sino simular.
Los demás —los que todavía creen en la palabra compañero, los que aún piensan que donde hay una necesidad debe nacer un derecho— seguirán esperando la combi en la madrugada, convencidos de que, aunque el futuro sea de los otros, la dignidad sigue siendo de ellos.

Epílogo

Y mientras la ciudad duerme, Paola camina.
No hay testigos. No hay prensa. No hay épica de cartel ni aplauso improvisado. Hay una mochila ajada y la certeza de que, si no camina ella, nadie camina.
Llueve y la calle es barro, pero la militancia de abajo siempre tuvo los pies mojados. El sacrificio nunca fue noticia.
A veces, Paola mira hacia el centro de la escena, donde están los que tienen la lapicera. Los que deciden quién entra y quién queda afuera. Los que, con un trazo, fabrican futuros y destinan olvidos.
Ellos no caminan, no viajan incómodos, no esperan en la oscuridad. Pero tampoco ven. Ni oyen. Ni sienten el temblor de la combi en la madrugada.
Quizás, sin saberlo, temen el día en que la militancia cansada de mirar, salte el mostrador de la historia y les reclame la lapicera, y les recuerde, como un murmullo persistente,
que toda autoridad que no pisa el barro es apenas tinta sobre papel.

Porque en el fondo, en el fondo del fondo,

la dignidad es la única credencial que no se imprime.
Y mientras Paola espera, los de arriba escriben.
Pero un país no se construye con lapiceras limpias.
Hace falta quien camine. Quien aguante. Quien insista.

Así termina esta historia, o quizá recién empieza:
Con una militante esperando la combi,
con todos nosotros preguntándonos si algún día,
los de la lapicera recordarán cómo se vuelve al barro
antes de que el barro les tape para siempre el espejo.


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