Por una Educación que Nos Une
Por una Educación que Nos Une
Para este 2 de octubre 2024
Profesor, Alejandro Melendi.
Vivimos tiempos marcados por profundas divisiones, sean estas políticas, sociales o económicas. Sin embargo, cuando la selección nacional juega, todos nos unimos bajo una misma bandera, compartiendo la pasión y el orgullo por nuestros colores. En esos momentos, las divisiones se desvanecen, y nos sentimos parte de una misma comunidad, celebrando juntos cada gol y sufriendo cada derrota. Nos reconocemos como parte de algo más grande, como un país unido por un objetivo común.
De la misma manera, la educación debería ser ese factor que convoque a todos los argentinos. Así como el fútbol tiene el poder de unirnos en torno a una causa compartida, la educación tiene el potencial de ser el gran igualador, brindando oportunidades a todos, sin importar su origen o condición social. Una educación de calidad y accesible para todos puede y debe ser la base sobre la cual construimos una sociedad más justa y equitativa, en la que cada persona, sin importar su punto de partida, pueda alcanzar su máximo potencial.
Desde el siglo XIX, figuras como Domingo Faustino Sarmiento entendieron esta necesidad fundamental. Sarmiento, con su visión pionera, planteó que el Estado debía asumir un rol central en la educación, no solo como organizador, sino como su principal garante. Su obra Facundo advertía sobre los peligros de una sociedad que no priorizaba la formación de sus individuos, donde la ignorancia se transformaba en sinónimo de atraso, y el analfabetismo se volvía un obstáculo insuperable para la verdadera libertad.
En aquel entonces, la libertad se entendía como el derecho a elegir y participar en la vida democrática. Pero Sarmiento advirtió algo crucial: sin educación, ese derecho no era más que una ilusión. Por eso, propuso que el Estado fuera el responsable de financiar y organizar el sistema educativo. La educación no podía quedar librada a la voluntad del mercado o a los recursos de las familias, porque eso generaría desigualdad y, en última instancia, atentaría contra la cohesión social.
Hoy, las ideas de libertad han avanzado y, en algunos casos, han sido distorsionadas. Hay quienes sostienen que la libertad significa reducir la intervención del Estado, que la educación debería ser una elección individual financiada por el esfuerzo personal o el de las familias. Pero, ¿qué sucede cuando esas familias no tienen los recursos suficientes? ¿Dónde queda la equidad de oportunidades que tanto defendemos como sociedad?
Es en este punto donde se nos plantea una dicotomía. Por un lado, el avance de las ideas neoliberales y libertarias, que proponen una educación más "libre", en la que cada uno pague por lo que elige. Por otro lado, la tradición que reconoce el papel del Estado como garante de una educación inclusiva, accesible y gratuita para todos. Esta última idea es la que construyó las bases de nuestro sistema educativo público.
Hoy enfrentamos un nuevo peligro: la propuesta del desfinanciamiento de la educación pública en pos de lograr el "déficit cero". Esta política, impulsada por sectores que buscan reducir el gasto del Estado, pretende que áreas clave como la educación sufran recortes bajo el argumento de que es necesario ajustar las cuentas públicas. Sin embargo, esta visión olvida que la educación no es un gasto, sino una inversión a largo plazo. Reducir su financiamiento puede parecer una solución a corto plazo, pero sus consecuencias son devastadoras: una sociedad menos preparada, más desigual y con menos oportunidades para todos.
El déficit fiscal no puede resolverse a costa de los derechos fundamentales. La obsesión por el déficit cero no debe cegarnos ante la realidad de que la educación pública es el gran igualador en nuestra sociedad. Es a través de una educación accesible y de calidad que podemos construir una nación más justa y equitativa, donde todos los ciudadanos, sin importar su origen o situación económica, tengan las mismas oportunidades de desarrollarse.
Sarmiento, aunque influenciado por las ideas liberales de su tiempo, comprendió que la libertad verdadera no se alcanzaba sin igualdad de condiciones. Si bien promovía el esfuerzo individual, sabía que sin una intervención activa del Estado, esa libertad solo beneficiaría a unos pocos. No podemos olvidar que la construcción de las primeras escuelas públicas en nuestro país fue un hito que sentó las bases de una sociedad más justa y con mayores oportunidades para todos, sin importar su origen o condición económica.
En nuestra comunidad de Laprida, tenemos la suerte de contar con escuelas públicas, de las que muchos de nosotros hemos sido parte. La educación pública no solo nos formó, sino que nos brindó la oportunidad de crecer y soñar con un futuro mejor. Es nuestra responsabilidad asegurarnos de que nuestros hijos, nietos y las generaciones futuras no se vean privados de esa misma oportunidad.
Así como el fútbol nos une como país en torno a una misma bandera, la educación debería ser el gran convocador de nuestra sociedad. Una educación de calidad y accesible para todos puede ser la base sobre la cual construimos una sociedad más justa y equitativa. La educación pública es mucho más que un espacio de transmisión de conocimientos; es un pilar de cohesión social, una herramienta de equidad y un derecho fundamental.
Si permitimos que este derecho se debilite o se privatice, estaríamos socavando los cimientos de una sociedad más justa y democrática. No podemos dejar que el mercado regule algo tan vital como la educación, porque esto implicaría dejar de lado a quienes más lo necesitan.
La educación es un derecho que debe ser garantizado por el Estado, no como una dádiva, sino como una inversión en el futuro de nuestra nación. Sigamos el ejemplo de aquellos que nos precedieron, como Sarmiento, que entendieron que la educación no es solo una responsabilidad individual, sino un proyecto colectivo. Y defendamos la idea de que, sin una educación pública sólida, equitativa y gratuita, no puede haber verdadera libertad.
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